La chica de la 519

Iba muy atrasada en ese específico miércoles de invierno cuando la vi por primera vez, sentada en uno de los asientos más altos de la micro. En verdad, ella fue la que me vio por primera vez. Me acomodé a su lado jadeando y con la respiración entrecortada porque corrí una cuadra para alcanzar a subirme. No la noté, no me fijé en nada, yo sólo me senté, pero ella en un par de segundos se giró a verme y preguntarme dónde había comprado el llavero que llevaba colgando; ruidoso, enorme y llamativo, en mi cartera. Yo tomé dos sorbos más de agua y le sonreí. Me encanta la gente que no le tiene miedo o vergüenza a nada. Le respondí que en un sitio japonés que me cobró una millonada de envío, pero que valió la pena. “Es muy lindo”, dijo con tanto ánimo que casi se lo regalo. Luego me mostró el suyo, bastante similar, pero en rosado. El mío es celeste y de otro material. Y, mientras que dentro de mi llavero yo tenía a una cantante japonesa, su colgante llevaba la cara de un artista coreano que reconocí. “¡Matthew!” le grité despacito. Ella se emocionó más. Conversamos todo el paseo desde Peñalolén hasta Los Héroes, y descubrí muchas cosas de ella. Estudia psicología en la universidad Alberto Hurtado y su facultad tiene más espacios verdes que todas las facultades de mi universidad juntas. Curiosamente, entrábamos a la misma hora ese día: dos y media, y ambas íbamos atrasadas. Le conté que yo estudio Literatura y me comentó que su saga de libros favorita es Percy Jackson, y la mía también lo es, así que me recomendó unos libros que jamás había oído y al rato los olvidé. Compartimos casi todos los gustos musicales en cuanto a Kpop. Me mostró su playlist entera y comentamos varias canciones, siempre estando de acuerdo: “Sticker es excelencia musical”. Hablamos de anime, de películas, musicales, y cosas banales; todo en cuarenta minutos. Le gusta mucho NCT, Wicked y los cómics. Y aunque dijo que es introvertida, conmigo se abrió de inmediato y me contó todo lo posible en el viaje. Terminé sabiendo que es hija única, vive en el último paradero de la Av. Grecia, se tardó en salir porque su mamá le había servido un plato de porotos, y que el viernes tenía una hora con la peluquera para hacerse un corte mariposa y estaba asustada porque siempre había tenido el mismo estilo de pelo. Yo la animé. Seguro que le quedaría súper bien. 

Cuando nos despedimos le pedí el número porque quise seguir en contacto con ella. Le dije que no usaba mucho Instagram últimamente y que prefería conversar con ella por WhatsApp. Ella me lo pasó y le escribí el viernes porque se me olvidó hacerlo antes. Durante esos días no me enteré muchas cosas más de ella, pero compartimos aún más gustos. Nos mandamos recomendaciones que ninguna después vio o leyó. No tuvimos ninguna conversación profunda, pero sí hubo algo en que ambas coincidimos que nos alegró bastante; nuestra orientación sexual. Me enteré de que llevaba años en una relación con una mujer. “Las lesbianas siempre nos encontramos entre sí” le dije. Ese vínculo nos hizo tener más confianza. Sin embargo, al pasar de los días hablábamos cada vez menos porque yo soy muy dispersa y ella muy dejada. Unas semanas después nos contestábamos en tiempos poco adecuados para mantener una conversación, así que le dije que nos siguiéramos en Instagram, que lo volvería a usar, y me interesaba saber de ella aunque no nos comunicáramos. No alcancé ni a aceptar su solicitud y ya me tenía en su círculo de mejores amigos. Y yo la agregué también. Paseé por su perfil y no había mucho, pero cuando entré a sus historias, estaba comentando lo terrible que había sido su solemne de Psicología social y la siguiente era un meme de anime. Su personalidad, a pesar de conocerla de a pedazos, resonaba mucho con la mía. Y al fin pude ponerle cara a su novia, dándome ternura. Llevan tres años estando juntas y se conocieron en el colegio. Tenían unas cien historias destacadas de ellas dos y pensé en lo bella que era su relación, y lo mucho que yo anhelaba vivir lo mismo; un amor de colegio, pero ya había salido hace siete años y la oportunidad estaba bastante lejos. Ella sólo tiene 19 años, y está de cumpleaños en agosto. Cuando nos vimos por primera vez, recién los había cumplido. Y a medida que pasaba el tiempo, encontrándonos casualmente en la micro al menos una vez al mes, me di cuenta de como iba creciendo y madurando. Hasta ahora lo sigo observando –a través de Instagram– y me siento orgullosa de ella. Nunca logramos hacernos cercanas, no tenemos una conversación hace meses, pero de vez en cuando nos damos un “me gusta” en las redes. En este periodo me saludó en mi cumpleaños y recordó las cosas que me gustan para hacerme un bonito mensaje; es una persona muy detallista y amable. Aunque no tengamos un vínculo, siempre se preocupa por entregar buenas energías. Lastimosamente, este año dejé de tomar la misma micro y no la vi nunca más. Pero su presencia, aún mínima, sigue latente en mi vida. Quizás algún día nos volvamos a encontrar en otra micro 519. Pero ya no sé si será igual.