Siento que para cualquier mujer hay una edad en específico en la que se te escapan los enanitos al bosque. Para mí fueron los 17: en cuarto medio, sin saber qué estudiar, con demasiadas malas influencias (un pololo que vendía droga y se la jalaba, una actitud que mis papás nunca soportaron ni entendieron), y un odio que no puedo llegar a explicar incluso hasta el día de hoy.
Me sentía tan grande, pero solo era una pendeja que se subía la falda del uniforme para verse adulta y se escapaba de clases con sus amigas para estar toda la tarde en Parque Almagro. Salía mucho, llegaba tarde a la casa y me ponía a pelear con mi mamá porque ella no sabía ni dónde ni con quién estaba. Fumaba a escondidas con mi pololo de ese entonces y lo acompañaba a vender. Nunca me dio nada. Según él era para cuidarme y no terminar como él, menos mal que seguí su consejo porque después de terminar no volví a tocar un cigarro. Recuerdo ese año especialmente con cariño a pesar de estar ahogándome en un vaso de agua. Ahora que lo veo cuatro años después, no había un día que no la pasara bien. Salía casi todos los días y me distraía de cualquier problema.
Ahora que lo veo con un enfoque distinto, entiendo que de alguna forma ese fue un año formativo que concluiría con la personalidad de una persona. A veces tienes que llorar por todo, hacerte la víctima por cosas que sí hiciste, dejar los libros por un tiempo, dejar la música, las películas, lo que escribía. Dejé todo lo que me gustaba para ser como la gente que va a la Facultad todos los fines de semana, para encajar con el ambiente kuma en el que supuestamente quería estar y hablar de carretes, juntarme con gente que no se interesaba ni lo más mínimo en qué me gustaba hacer, y ponerme a pelear en los pasillos del colegio porque era cahuinera e insoportable.
Era una niña jugando a ser adulta porque me creía grande, pero solo era una cabra chica insoportable que estaba en su año de gracia. En su metamorfosis y su entrada a un sistema corrupto, el que hace que te cagues de hambre y te quedes con ganas de ser artista en una tierra donde se te condena por el propio arte, donde se tortura y asesina por decir la verdad. Un sistema donde es más fácil callar o decir entre líneas.
Durante ese año dejé el oficio. Me faltaban palos pal puente, como diría mi mamá. Sentía que tenía buena gente a mi lado, aunque solo hubiera sido por ese año, porque ahora esas mismas personas no me dirigen la palabra, porque prefieren la vida fácil, la ingeniería comercial, la auditoría. En cambio yo elegí el hambre, el hambre por entender, por explicar, por crear, por cuestionarme. El hambre por consumir pensamientos que ni yo llego a entender por más que pasan por mi cabeza todos los días, todo el tiempo. Porque de eso se trata, el exprimir mi cerebro como si de un limón seco se tratase, el escribir hasta que mis manos se quiebren. Pero el sentimiento de crear se había ido, se me perdió, como se me suelen perder todos mis pinches para el pelo, y no lo podía encontrar, por más que tratase.
Quizás fue esa pena que te cae por el simple hecho de ser mujer y tener 17. El ser mujer y vivir en un mundo que no está hecho para nosotras, donde el otro sexo te ve como un pedazo de carne para su mero consumismo. Vivir en un mundo donde te sientes vulnerable por tu mera existencia y tu razón de ser. Quizás sentía que no tenía nada más para decir o para escribir, porque estas dos palabras terminan siendo las dos caras de una misma moneda de quinientos pesos que te encuentras caminando por el centro de Santiago, pensando que es tu día de suerte por el simple hecho de encontrarte plata. Pero no es suerte cuando esa misma persona deja el oficio y significa la muerte de ese autor, de un autor que quizás jamás existió porque su trabajo nunca vio la luz del día.

