Adiós a David Hockney: el pintor enmascarado

Si a principios de los 2000 les tocó viajar de noche en un bus interprovincial —digamos, en el clásico trayecto de Santiago a Concepción—, es muy probable que recuerden el silencio de la carretera interrumpido por el auxiliar metiendo un casete de VHS en la reproductora. El menú habitual para amenizar el viaje no era cine de autor, sino un auténtico hit de la época: Los secretos del mago. Allí, envuelto en una penumbra artificial y una buena dosis de humo, aparecía el Mago Enmascarado (Val Valentino) con la única y hereje misión de revelar los trucos que nos habían dejado epatados de niños. La bella asistente ligera de ropas cortada en dos, la levitación, las desapariciones imposibles; todo quedaba expuesto. La comunidad de magos reaccionó con una furia corporativa feroz, acusándolo de violar un pacto ancestral de silencio, pero nosotros descubrimos algo mucho mejor: la magia no era un milagro divino, sino una asombrosa y perfecta ingeniería de la ilusión.

Casi por los mismos años, en el mundo anglosajón, David Hockney hacía exactamente lo mismo con los grandes héroes de los museos. Hockney, el gran referente del Pop Art inglés, ya había tensionado la historia del arte con cuadros como A Bigger Splash (1967). En esa pintura vemos una imagen horizontal de un bungalow estilo mid-century modern: líneas rectas, calma chicha, ventanales limpios y una piscina pacífica… rota de pronto por el violento chorro de agua de un piquero —o, más bien, «bombita»— invisible. Ese quiebre dinámico y estridente en medio de la racionalidad geométrica funciona igual que las canciones de los Pixies, donde el silencio melódico se rompe de golpe con una distorsión salvaje.

Obsesionado con entender cómo se construían esas imágenes perfectas, Hockney se alió con el físico Charles M. Falco para publicar un libro que cayó también como una bombita en la academia: Secret Knowledge (El conocimiento secreto). Su tesis era un calco de la del Mago Enmascarado: los gigantes de la pintura occidental no dependían únicamente de un pulso milagroso; utilizaban herramientas ópticas —espejos cóncavos, lentes, cámaras oscuras y cámaras lúcidas— para proyectar y calcar la realidad con una precisión micrométrica sobre el lienzo.

Hockney y Falco desnudaron los artilugios detrás de las obras más sagradas de Europa. Revelaron que los complejos planos en distintos niveles de Las Meninas de Diego Velázquez, el misterioso espejo convexo al fondo de El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck, el realismo casi fotográfico y la iluminación del Baco de Caravaggio, o el detalle microscópico de la aguja en La encajera de Johannes Vermeer eran el resultado de sofisticados montajes tecnológicos. A estos ejemplos se suma, de manera brillante, la alucinante anamorfosis del cráneo distorsionado en Los embajadores de Hans Holbein el Joven, un truco de perspectiva matemática que solo cobra sentido y forma real cuando el espectador se sitúa en un ángulo oblicuo muy preciso respecto al cuadro.

Por supuesto, los historiadores del arte se escandalizaron y acusaron a Hockney de sugerir que los grandes maestros «hacían trampa». Pero el pintor inglés no buscaba restarles mérito, sino devolverles su humanidad y entender que el arte siempre ha estado hermanado con la tecnología de su tiempo. De hecho, esta revelación resignifica por completo a las vanguardias posteriores. Cuando los impresionistas como Monet decidieron abandonar los talleres para pintar al aire libre, o cuando Picasso deconstruyó la perspectiva a mano alzada con el cubismo, no estaban simplificando el arte por falta de destreza. Estaban ejecutando un radical Back to Basics. Un punk estético absoluto, décadas antes de que el punk existiera.

David Hockney, que falleció hoy a los 88 años, nos dejó un legado que va mucho más allá de sus icónicas piscinas californianas. Nos enseñó que descorrer el velo de la técnica no destruye el misterio de la creación, sino que lo vuelve más cercano y admirable. Despedir hoy a Hockney es decirle adiós al pintor que se puso la máscara de divulgador para recordarnos que el gran arte —al igual que una buena distorsión de guitarra o el secreto revelado en la tele de aquel bus nocturno— es, ante todo, el maravilloso triunfo del ingenio humano.

A Bigger Splash-David Hockney
Las meninas-Diego Velázquez
Baco adolecente- Caravaggio
La encajera- Johannes Vermeer
Los embajadores- Hans Holbein
El matrimonio Arnolfini– Jan Van Eyck