Estoy harta de recibir tanta presión social por el mismo tema. Ya está. Admito que le tengo mucho miedo a la maternidad. O quizás sea rechazo. Puede que simplemente no me gusten los niños, cosa de la que estoy convencida desde que soy muy pequeña.
Cuando en las navidades me regalaban bebés de juguete, no podía evitar sentir cierta decepción, porque una parte de mí esperaba obtener algo más que la oportunidad de desarrollar, a tan temprana edad, el instinto materno y pretender que ese pedazo de plástico me inspiraba ternura. Lo peor de todo es que no cambió a medida que crecía. Creo que ese instinto se quedó en el útero de mi propia madre.
Mientras más grande una se hace, la pregunta sobre si deseas tener hijos se va haciendo más recurrente, más seria, y casi que la respuesta te define como mujer. Hasta la propia madre cuestiona, diciendo que cuando conozca a alguien que ame, con quien quiera pasar el resto de mi vida, se me pasará. Cuando vea que todas mis amigas han “avanzado” y hecho sus vidas, formando una familia, y que me estoy quedando sola, sin tener quién me cuide cuando sea vieja… como si los hijos se tuvieran para eso, ¿cierto? La verdad, no sé para qué se tienen, con qué fin. Tal vez lo sabría si tuviera el famoso “instinto maternal”, si encontrara encantadores a los niños que me topo por la calle, si sintiera la tentación de hacer reír a los bebés cuando los veo.
Lo cierto es que no sé lo que se siente, y a veces me frustra. Temo nunca descubrirlo, tanto como le temo a convertirme en mamá. No quiero tener a una mini yo que dependa todo el tiempo de mis decisiones y no volver a tener en años ni un segundo de paz conmigo misma, de esos que tanto me gustan, que tan bien me hacen. En parte, también está el miedo de lastimarle, de no tener paciencia, después de todo… no me caracterizo por ser muy paciente. No quisiera equivocarme y marcar de por vida la existencia de alguien más, de alguien que espera tanto de mí y que me mira todo el tiempo con ojos expectantes.
Temo que me cambie el cuerpo. Y también le temo al parto. A todo lo que conlleva el embarazo, en realidad. Temo gestar una criatura en mi panza durante nueve meses sólo para que, una vez que crezca, me desprecie o me esconda cosas para que no me meta en su vida, pero tampoco quisiera quedarme sola. Puede que un hijo no sea la única forma de compañía que se pueda tener. Con esa idea me consuelo.
Considero que sería mejor tener un gato. Muchos gatos. Convertirme en la loca de los gatos. Esa que nunca se casó, ni tuvo hijos, y a la que todos le tienen lástima porque piensan que es infeliz entre puro animal, aunque en realidad nadie tiene ni idea de cómo se siente la loca. Existe la posibilidad de que sea más feliz que todo el resto del mundo junto, pero nunca se han detenido a preguntárselo. Si yo fuera la loca, tampoco me importaría lo que pensaran de mí, porque viviría sin todos esos miedos que sólo el ser madre te puede traer. Dormiría tranquila, arrullada por ronroneos. Y haría lo que se me diera la gana, a cualquier hora del santo día. ¿Quién necesita niños correteando por la casa a los gritos, estar pendiente de las tareas del colegio, soportar sus comentarios hirientes a los que el resto llama inocencia? Por lo menos yo no. Que se los quede otra. Con gusto cedo mi lugar.

