Siempre me ha gustado dormir, siento que no existe una experiencia más relajante que esa en toda mi vida. No suelo comer, no voy al baño y he de ignorar aquellas imperiosas necesidades que atan a la mayoría de los seres. Las veces que me muevo procuro hacerlo con mucho cuidado, dado que algunos pequeños seres que habitan sobre mi cuerpo corren y gritan de aquí para allá asustados si el movimiento es muy brusco. Asimismo, siento que soy único y a la vez no. Quizás diferente en tamaño, pero igual por dentro a mis hermanos y hermanas. Sorprendentemente, no conozco el frío que me haría expulsar desde mi cráter ríos de mi propia sangre ardiente y humeante como ocurre con mis primos que son más pequeños que yo, pero más iracundos.
Mi cuerpo, a pesar de ser el más grande entre mis hermanos, me vuelve un desafío para aquellos seres que suben desde mis pies hasta mi cabeza. Nunca he sentido lo que mis amigas viajeras, las nubes, llaman “amor”, pero creo haber sido testigo de ello más veces que mis compañeras nómadas. Aunque ellas se quejen de mi larga y sedentaria vida haciéndome saber que solo me quedo estático, mirando hacia adelante y ni siquiera me inmuto por aquellos fuertes vientos por los cuales ellas son llevadas.
Son muchos los seres que intentan llegar a mi cabeza y me traen, de hecho, grandes regalos; varas de lo que creo que es madera, o algún material lo suficientemente firme como para permanecer en mi cabeza como árboles durante mucho tiempo, siendo una parte permanente de mi cuerpo. Gracias a sus regalos, mi cuerpo se llena de colores más allá de los amarillos, rojos o naranjas que recibo una vez que el sol posa sus ultimos rayos de luz en mis laderas este u oeste. Puedo vestirme con el verde de los bosques y el azul del cielo. Es tal el amor que sienten por mí estos seres que, una vez que colocan su regalo en mi corona, reposan y duermen en los distintos lugares de mi cuerpo. Y yo, muy feliz, les doy abrigo para que duerman todo el tiempo que deseen. Incluso después de mis propias siestas —las cuales no son nada cortas—, ellos siguen en un profundo letargo, durmiendo sobre mí. Deben de estar muy enamorados para actuar de este modo, dado que no han parado de llegar más seres a subir por mi cuerpo.
Creo que ya lo mencioné, pero como soy viejo, tengo que volver a decirlo para cerciorarme de que lo dije. Tengo muchos hermanos y hermanas; no puedo contarlos a todos y solo he visto a algunos. Mis compañeras, que hablan mucho y son excelentes viajeras, me cuentan lo que les sucede a mis hermanos como lo siguiente: “Hoy me encontré con uno de tus hermanos. Este se quejaba de ciertos dolores en su cuerpo. Esos seres que a ti te veneran insisten en adentrarse en su cuerpo. Al final, decidió moverse un par de metros pensando que así el dolor pasaría”. Sé que quizá no todos mis hermanos tengan una relación tan amorosa como la mía con esos seres. Pero no dejo de pensar que también son criaturas afectuosas.
No obstante, como en todas las relaciones, hay problemas. A veces ellos llegan en el interior de bestias aún más grandes que ellos, y que relucen a la luz del sol: a veces oscuros como la noche, otras veces blancos como la nieve u otras veces amarillos al igual que el sol. Siempre en movimiento, incapaces de quedarse a escuchar el silencio que les brindo. Por momentos, me siento muy tentado a moverme y que alguna pequeña parte de mis extremidades destruya aquellos ruidosos seres. Podrán pensar que soy muy desconsiderado con ellos, pero cuando el sueño es interrumpido, se considera justo hacer notar mi enojo.
Bueno, de todas formas, nuevamente estoy somnoliento y para hacerle justicia al sol de mediodía es sensato que me entregue al reposo de mi pesado cuerpo y agraciada mente.
Al cabo de un tiempo una máquina anota unos valores en papel, que tomados por un geofísico, comenta lo siguiente: —Compañeros, el sismógrafo dejó de detectar los temblores de la montaña—.

