El inicio y el dolor
A simple vista, la muerte me ató de pies y manos.
Adormeció los sentidos y quitó el color que tracé.
Pinté líneas difíciles de borrar,
pero humedeció la brocha con mis lágrimas
dejando un lienzo borroso.
Supliqué mi regreso al hogar que me quitó,
al calor de sus orejas y manos,
a la pradera viva de sus ojos.
Sin embargo, sé que no puedes darme nada más
que el dolor que ya poseo en mis manos.
El insomnio y las lágrimas
Podrías volver y arrullarte en mis brazos,
mientras tarareo una linda canción.
Podrías dormirte de nuevo en mi pecho,
y esta vez sí despertar.
Quizás ahora podrías volver a mirarme
solo una vez más.
La ira y la incomprensión
La rutina y el ruido de fondo
rompen la calma del reloj que se detuvo.
La música no llega a ningún lado,
más que a la inutilidad.
Las sábanas no dan el reposo
y las mañanas se tornan redondas.
Las voces escupen lástima y luego la queja,
no se detienen, no se callan.
Por favor háganlo.
El querer silencio y algo más
Callen el canto de los zorzales
el oleaje del mar, el trueno en medio de la lluvia,
el soplido del viento directo en el oído.
Devuélvanme su calor, la respiración y la calma.
Regrésenme la vida que huyó
como ave nacida en libertad.
Pero antes arrúllenme en el manto de la nostalgia,
para volver a recordar.
Guarden silencio todos, no tomen mi mano,
ni sequen mis lágrimas,
que de nada sirve que lo hagan ustedes.
¿Algún día volverás?
Tu vida parece escapar ante mis ojos,
ese aliento creo que fue el último.
Tu respiración me pesa en la conciencia.
¿Existe algún amor que no se dirija al dolor,
o la luz del alba sin la oscuridad de la noche?
No hay espacio para la pena sin tu partida,
pero aun así, ¿algún día volverás?

