El perfil recto y fino de mi mamá se asomaba de entre los mechones de pelo que bailaban sobre sus ojos. Ella sonreía y me invitaba a jugar, pero yo me quedaba inmóvil unos minutos. No sé el porqué de ese breve congelamiento. Mi mamá me tomaba en sus brazos y me alzaba a la altura de sus ojos aceitunados que combinaban con su pelo.
En los recuerdos que tengo de la plaza, ella aparece como un dibujo de carboncillo trazado de manera delicada sobre un papel volantín.
Hay veces que cuando mezclo pastillas para la gripe, o ciertos calmantes musculares con la dosis nocturna del clonazepam, mi mente se queda atrapada en una telaraña y vuelvo a esa tina ajena. Por breves momentos no sé dónde estoy, entro en pánico absoluto. Empiezo a gritar en busca de mi mamá hasta que me doy cuenta de que hace mucho que vivo sola, que no vendrá nadie. El cuerpo me solloza, aunque en la mente entiendo que estoy bien, que los tiempos son distintos, ya estoy grande. Estaré mejor, tengo que estarlo.
En la placita Santa Teresa me subía primero al sube y baja. Mi mamá me daba vuelo con las manos desde el otro asiento, porque la más mínima altura la mareaba. Luego iba a los columpios de color anaranjado y las escaleras en forma de armatoste de tortuga verde limón. Yo corría feliz por la tierra, unos suaves resortes oscuros picoteaban mi cara con cada movimiento. Hacía surcos en el suelo esperando que aparecieran piedras resplandecientes, colgar algunas en el cuello de mi madre y llevar otras a mi casa como un tesoro pirata. Se supone que debería haber ido a esa plaza aquel día.
Los eventos trágicos vienen de la mano del azar y el diablo se encuentra en los pequeños detalles que le aportan al azar un pase libre. Como esa señora que acoges con tanta confianza, porque se ve solitaria y «nunca pudo formar su familia»; esa madre que se siente sola y sin ayuda; los padres que confían a sus hijos, «total es una tarde» las horas que pasan los niños con el lobo. Aunque me rezaran cada noche el ángel de la guarda, esa puerta apestillada no se abriría para darme un escape ni de ella, ni de los que vinieron después.
Han probado en mí remedios que no habían sido totalmente aceptados para el uso en personas, sin mi consentimiento. Han practicado sobre mi cuerpo técnicas de contención para pacientes entre varios funcionarios, como agarrarme de las extremidades dejándome inmóvil, pincharme en esa inmovilidad hasta que les pareciera más que suficiente, al punto de creer que si lo hacían una vez más podrían ponerme en riesgo vital. También me han dejado atada con cuerdas a una cama tardes enteras. He sido de las pocas niñas en los tiempos que corren a las que les han practicado terapias electroconvulsivas, o electroshocks, sin su consentimiento. He sido castigada, largas horas, dentro de pequeñas salas de contención acostada sobre colchones meados por otras pacientes hasta que el estómago se me retorcía.

