El río, la mujer de la canoa y el destino

Dicen que, al nacer, cada alma es depositada en una canoa. No hay preguntas, ni mapas, ni brújulas: solo el rumor del agua. 

La travesía comienza antes de que uno sepa que está vivo. 

Ella abrió los ojos y ya estaba allí. 

Sin recuerdo de partida, sin promesa de llegada, con el cuerpo entregado al vaivén de una corriente que no preguntaba.  El río se extendía como un espejo interminable, inmenso, antiguo, con una voz que no se apagaba nunca. No era bueno ni malo: era el pulso del tiempo en forma de corriente. 

En sus manos, los remos. 

Al principio los agitó con torpeza, como quien quiere devolver el instante, volver atrás, esquivar la curva inesperada. Pero el río la envolvió con una certeza brutal: quien se enfrenta a él, se quiebra. Los remos no eran armas.  Solo servían para elegir a qué orilla arrimarse, un pequeño gesto de libre albedrío en medio de una corriente que no se detenía. 

La orilla derecha brillaba con promesas: puentes dorados, amores imposibles, reflejos dulces que parecían miel. 

La orilla izquierda murmuraba otros secretos: desafíos, sabidurías escondidas, rostros que llegaban con el viento como pájaros extraviados. 

A veces se dejaba tentar por un destello y permitía que la tocaran las orillas. Otras, aunque todo resplandeciera, se limitaba a mirar y seguir, porque había aprendido algo silencioso:  la libertad no era torcer el cauce, sino elegir qué abrazar y qué soltar. 

Las orillas le dieron risas, le dieron cicatrices. Cada marca fue enseñanza, incluso las que vinieron de lo que no tocó. 

Y un día —como ocurre siempre— la catarata. 

No hubo anuncio ni advertencia. El agua rugió, la canoa tembló y ella cayó en un abismo sin baranda. 

El cuerpo se le desarmó en el aire. El tiempo se volvió espeso, casi inmóvil. No pensó: sintió. El golpe del agua fue frío y violento; la empujó hacia abajo, la giró, la dejó sin orientación. No había arriba ni abajo, solo un remolino oscuro y una respiración que se perdía. Intentó aferrarse a algo, a cualquier cosa, pero no había bordes, ni manos, ni promesas. Solo la corriente atravesándola, llevándose capas, miedos, viejas certezas. En ese fondo sin nombre comprendió lo que nunca había querido aceptar: 

que la idea de control había sido siempre un consuelo, una ilusión necesaria para caminar sin temblar. 

Creer que dirigía, que anticipaba, que decidía el rumbo, había sido una forma de calmar el miedo. Pero el río no se dejaba gobernar. 

Y la vida, tampoco. 

Allí entendió —con el cuerpo, no con la mente— que cuanto más intentaba controlar, más se hundía.  Que resistir era pelear contra lo inevitable.  Que soltar no era rendirse, sino dejar de luchar contra lo que no depende de uno. Y soltó. 

No fue el fin. 

Fue un bautismo. 

Una pequeña muerte. 

Un renacimiento secreto. 

Emergió distinta, con el cuerpo dolorido y el alma más despierta. 

Había tragado agua, había perdido certezas, pero algo esencial había quedado atrás: la necesidad de tener todo bajo control. 

Emergió sabiendo —sin palabras— que la vida no se domina, se atraviesa. Que confiar no es pasividad, sino una forma más profunda de valentía. 

Había perdido trozos de sí, pero había ganado algo mayor:  saber que navegar no es dominar, sino entregarse con presencia.

El río continuó, indetenible. 

La canoa también. 

Y ella, más liviana, más sabia, más callada, miraba las orillas con ojos nuevos. Ya no buscaba llegar. 

Habitar el viaje era todo.