Por la ventana de la pieza de Violeta se veía un fragmento del cielo. Si colocaba la almohada —que ya no era más que un montón de fibras apelmazadas, casi sin esponjosidad— y la apoyaba apenas contra la pared, su cabeza quedaba en el ángulo preciso para observar ese pequeño hueco libre entre la ventana y el muro exterior.
A Violeta le gustaba mirar el cielo en las noches sin nubes; entonces soñaba con ser la primera exploradora de planetas lejanos que, en ese estrecho rectángulo, parecían estar casi al alcance de la mano. En los días nublados todo se volvía más triste: un gris uniforme que para ella era como un traje pesado.
Consiguió un trozo de cartón, lo pintó de azul oscuro —casi negro— con pintura que le habían dado en el taller, y con cuidado marcó diminutos puntos celestes y blancos que simulaban estrellas. Así, en esas noches grises, colocaba su cielo de cartón en la ventana y volvía a soñar.
El Choro Cristian era el dueño de la calle. Había crecido en Lo Espejo esquivando golpes en una casa gobernada por el alcohol y la droga, con una madre ausente por robo y la sombra de un padre asesinado. A los cinco años aprendió que las cosas no se piden, se arrebatan. A los siete peleaba la comida en el vertedero y a los diez era un carterista experto. A los once, el SENAME fue solo un escalón más en su caída.
Muy pronto destacó entre los demás. En ese lugar, la razón se impone a golpes. En un círculo formado por los demás niños, los púgiles dirimen quién es el más fuerte y quién se queda con el botín. La violencia no comenzó en esa habitación; venía arrastrándose desde mucho antes de que ellos nacieran, en los genes y en el hambre.
Ahora solo se volvía cierta. Violeta encontró su almohada en el suelo, empapada de orina. El olor a amoníaco corría por las fibras apelmazadas y se quedaba ahí, reclamando el rincón de los planetas. No fue un acto pensado para herir, fue el lenguaje de Cristian: su forma de decir que ese espacio le pertenecía, que en su mundo no existía el respeto por lo ajeno porque nada nunca le había pertenecido.
Cristian la miraba desde la cama de enfrente con los ojos vacíos, sin odio, solo esperando que ella entendiera las reglas del lugar. Para una niña que podía volar con un pedazo de cartón, ese olor fue suficiente para romperlo todo. El cartón no se quemó, ni se rasgó; perdió su color ante la evidencia de la cama mojada. Cristian no la golpeó; solo se sentó en su rincón y, con la misma naturalidad con la que se respira, usó el cielo de Violeta para secar el piso.
A partir de ahí, el miedo dejó de ser un relámpago y se convirtió en un traje que Violeta debía vestir a diario. El hostigamiento se volvió el ruido de fondo de sus horas; le obligaban a tragar mezclas de alcohol gel y bebida entre risas que decían querer «animarla», y la orina en su cama pasó a ser el paisaje cotidiano de sus noches.
Violeta ya no tenía fuerzas; sus planetas y sus estrellas blancas terminaron borrados bajo el peso de una realidad que olía a encierro y castigo. Hasta que la resistencia se quebró.
Esa noche cuando apagaron las luces, Violeta caminó hasta el policlínico. Rompió el vidrio de la puerta e ingresó. Apurada, abrió cajones e ingirió las pastillas que fue encontrando.
Cuando una de las cuidadoras la halló, aún estaba consciente.
—¡Ayúdeme!, no quiero morir —dijo arañando sus posibilidades de sobrevivir.
Cuando llegó al hospital, Violeta ya había dejado de gritar. Tenía trece años.

