Era un día común y corriente, como cualquier otro. Pero iba a llover. Lo sé, no me pregunte por qué, ya que la certeza de la lluvia siempre se me anuda en la garganta.
Sebastián salió del taller y enfiló hacia la gran avenida. Aunque tardaría más en llegar al arrabal sur donde vivía, disfrutaba de la ostentación de la ciudad. Allí no imperaba el lodo, no olía a basura ni a mierda y las carencias no existían, al menos a simple vista. Caminaba extrañando los abrazos de los amigos, las charlas sin rumbo fijo, las miradas y silencios cómplices, las largas copas que abrían jaulas y esos momentos tan ricos que no se miden con el reloj. Sin embargo, se sentía más feliz bajo las luces de las marquesinas, aunque las publicidades le azotaran los ojos con aquello que jamás podría comprar. De repente, sintió de nuevo ese vacío, ¡sí, otra vez! El hambre, vieja conocida, le retorcía las entrañas, recordándole su lugar en el tablero de ajedrez social.
Se lo dije, lo sabía: comenzó a llover.
Laura salió del bufete y se dirigió apresurada hacia el norte; en su casa la esperaba la niñera. Ella había cumplido con creces los mandatos religiosos, éticos y, sobre todo, familiares. Hubiera querido ser veterinaria, pero terminó siendo una docta legalista y así continuar con el legado patriarcal. Estéticamente, Laura era perfecta: poseía el embrujo tan común de la liviandad. Pasaba sus días simulando estar felizmente casada y no le importaba saber que su esposo se masturbaba mientras veía el extracto de la cuenta bancaria. La vida y los conflictos de Laura le resultaban a su esposo una cuestión puramente escénica; su única preocupación radicaba en la impecable imagen que proyectaban ante sus pares sociales, siempre y cuando el dinero siguiera blindándolos de cualquier aspereza.
Laura y Sebastián suelen escuchar una pequeña voz interior que les dice que no, que no miren demasiado, que no toquen ni cambien nada, que no hagan nada de lo que puedan arrepentirse. Escuchan esa voz cada vez que desean algo; les ordena detenerse, ser cautos, no vivir a plenitud, y siempre termina con un profético: «lo tendrás algún día».
La voz desaparece en sus sueños porque allí son libres y pueden ser tan buenos o tan malos como quieran. Si desean algo, con extender la mano es suficiente para tomarlo, pero luego despiertan y la voz sigue enquistada dentro de ellos, repitiendo la letanía del mismo discurso.
A pesar de la distancia que marcaban un riacho y una lengua de asfalto, Laura y Sebastián viven en la misma ciudad.
Esta noche dormirán sobre el suelo que les es propio y tendrán un sueño distinto. En él se les presentará un demiurgo, esa supuesta divinidad que crea y armoniza el universo, pero que en realidad solo llegará para iluminarles las conciencias susurrándoles: «errar es humano, pero no olviden echarles la culpa a otros: eso es mucho más humano».
Lo sé, no me preguntes por qué, pero lo sé. Para ellos, hoy fue un día más. Y con cada día que pasa, se desvanece otra oportunidad de romper el ciclo que les impide cambiar sus vidas.

