LO QUE QUEDA CUANDO YA NO HAY NADIE MIRANDO

Escribimos porque algo no cabe.

Esa es la respuesta honesta, aunque nadie la pone así en los talleres. En los talleres se habla de voz, de estructura, de la escena que ancla la emoción. Se habla de todo menos de la incomodidad original: esa presión en el pecho que antecede al lenguaje, ese momento en que el mundo real no alcanza para contener lo que uno siente que está pasando.
Escribir es un acto de desconfianza. Desconfianza en la conversación, en el gesto, en el
abrazo. Una confesión de que hubo algo que no pudo decirse de otra manera.


Hoy escribimos en el margen de otras cosas.


En el teléfono, mientras esperamos. En la madrugada, cuando ya no queda energía para fingir que el día fue suficiente. Escribimos en documentos que nunca se llaman «mi obra» sino «notas», «borrador», «sin título 7». Como si nombrarlos bien fuera demasiado ambicioso, demasiado en serio para una época que desconfía de todo lo que se toma en serio. Hay algo extraño en escribir ahora. Vivimos rodeados de texto y, paradójicamente, cada vez más solos en él. Leemos millones de palabras al día —titulares, subtítulos, posts, epígrafes, hilos, respuestas a hilos— y sin embargo llegamos a la noche con hambre de algo que no encontramos. Como si todo ese lenguaje circulara sin aterrizar en ningún lugar.


Entonces uno escribe. No para publicar, al principio, sino para aterrizar.


Por qué escribimos hoy es una pregunta que cambia dependiendo de a quién miras.


Hay quien escribe para no olvidar a alguien. Hay quien escribe porque olvidar es la única
forma de seguir. Hay quien escribe contra el miedo —a la enfermedad, a la pérdida, al
tiempo que se va sin pedir permiso. Hay quien escribe porque fue el primero en su familia
en tener palabras para nombrar lo que siempre existió pero no tenía nombre. Eso último me parece lo más urgente de todo.


Hay experiencias que llevan generaciones esperando su lenguaje. Cuerpos que no
aparecían en los libros. Barrios que no existían en la literatura aunque estuvieran llenos de
gente. Dolores que se heredaban sin vocabulario, de padres a hijos, como una deuda que
nadie sabe de dónde viene.


Escribir hoy, en ese sentido, es también un acto de reparación. No perfecta, no suficiente,
pero sí necesaria. Ponerle nombre a algo es cambiar, aunque sea un poco, la relación que
uno tiene con eso.


Pero también —y esto me parece importante decirlo— escribimos porque nos gusta.


Porque hay algo placentero en encontrar la palabra exacta. Porque una buena oración tiene peso, tiene temperatura, tiene algo que se parece al alivio. Porque a veces uno relee lo que escribió y piensa: eso era lo que yo quería decir y no sabía que lo sabía. Ese momento —ese pequeño choque de reconocimiento— es adictivo. Y no tiene nada de noble ni de trascendente. Es puro disfrute, el mismo que debe sentir alguien que talla madera o que afina un instrumento. La escritura tiene esa doble vida: es urgencia y es placer. Es cicatriz y es juego. Nadie que escriba en serio puede elegir entre esas dos cosas porque las dos son verdad al mismo tiempo.


¿Qué escribimos hoy?


Escribimos lo que no cabe en otro lado. Lo que la conversación interrumpió, lo que el
algoritmo no sabe recomendar. Escribimos los bordes, las grietas, los silencios entre lo que
se dijo y lo que se quiso decir.


Escribimos porque todavía creemos —contra toda evidencia, en esta época de ruido— que
las palabras pueden hacer algo. No salvarnos, pero sí nombrarnos.
Y nombrarse, a veces, es suficiente.