El cuaderno en el atillo

Cuando encontré el cuaderno azul, pensé que era uno más entre las cajas que llevaba años evitando abrir.

Habían pasado casi tres años desde la muerte de mi madre y la casa seguía detenida en una especie de pausa. Los platos que ella había elegido continuaban en la alacena, las cortinas conservaban su olor a jabón y lavanda, y las cajas del altillo guardaban objetos que nadie necesitaba, pero que tampoco nadie se atrevía a tirar. Subí una tarde de lluvia con la decisión de ordenar de una vez por todas. Entre fotografías, cartas y recibos antiguos apareció un cuaderno de tapas azules. Estaba vacío. O casi.

En la primera página había una frase escrita con la letra de mi madre: «Las palabras también son una forma de volver.» Me quedé inmóvil.

Durante años había escuchado hablar a otros. Mi madre opinaba sobre todo. Mi marido decidía por ambos. Mis hijos llenaban la casa con sus necesidades. Incluso en la escuela, donde trabajaba como bibliotecaria, mi tarea consistía en ayudar a que otros encontrarán historias.

Yo era buena escuchando. Tan buena que había olvidado hablar. Guardé el cuaderno sin saber por qué.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, lo abrí sobre la mesa de la cocina. No tenía nada para decir. Sin embargo escribí una línea. «Hoy encontré un cuaderno.» Después otra. «Creo que no sé quién soy.» Y otra más. «Quizás nunca lo supe.»

Las palabras comenzaron a salir como agua acumulada detrás de una represa. Escribí hasta la madrugada. No era literatura. No era poesía. Ni siquiera eran pensamientos ordenados. Era una mujer vaciándose.

Durante semanas repetí el ritual. Cada noche escribía unas páginas. Recordé escenas olvidadas de mi infancia. La vez que quise aprender a tocar la guitarra y abandoné porque mi padre dijo que era una pérdida de tiempo. La ocasión en que rechacé una beca para estudiar en otra ciudad porque todos esperaban que me quedara cerca de casa. El día en que acepté una propuesta de matrimonio sin preguntarme realmente qué deseaba. Las palabras me mostraban una versión de mí misma que nunca había querido mirar. Una mujer que siempre había vivido para satisfacer expectativas ajenas.

Una noche escribí una frase que me dejó temblando. «No sé qué me gusta.» La releí varias veces. Parecía absurda. Tenía cincuenta y tres años. Había criado hijos. Trabajado durante décadas. Pagado cuentas. Superado pérdidas. Y aun así no sabía qué cosas me hacían feliz. Lloré. Lloré como no había llorado en años. Después seguí escribiendo. Algo cambió a partir de entonces. Comencé a llevar el cuaderno a todas partes. Anotaba conversaciones escuchadas en el colectivo. Descripciones de árboles. Sueños. Recuerdos. Frases sueltas. Descubrí que el mundo estaba lleno de historias. Y que yo también era una de ellas.

Una tarde, mientras acomodaba libros en la biblioteca, una alumna de quince años me encontró escribiendo.

-¿Es un diario? -preguntó.

Asentí.

-Yo escribía antes -confesó-. Pero dejé porque nadie lo leía.

Sonreí. -Tal vez no hace falta que alguien lo lea.

La chica pareció desconcertada. -Entonces, ¿para qué escribir?

Miré la hoja abierta frente a mí. Por primera vez tuve una respuesta. -Para escucharte. -Aquella frase me acompañó durante días. Porque era verdad. Yo había pasado gran parte de mi vida escuchando a todos menos a mí misma. La escritura se había convertido en un espejo más honesto que cualquiera. No me mostraba cómo aparentaba ser. Me mostraba quién era.

Meses después me animé a asistir a un taller literario. Entré al salón con el miedo ridículo de una adolescente. Había personas de todas las edades. Cuando la coordinadora pidió que leyéramos algo propio, sentí ganas de escapar. Sin embargo abrí el cuaderno. Mis manos temblaban. Mi voz también. Leí una historia breve sobre una mujer que encontraba mensajes escondidos en los libros de una biblioteca. Al terminar hubo silencio. Pensé que había sido un desastre. Entonces alguien aplaudió. Después otro. Y otro más. No aplaudían la perfección del texto. Aplaudían la verdad que contenía. Por primera vez comprendí que mi voz tenía valor. No porque fuera extraordinaria. Sino porque era mía.

Esa noche regresé caminando bajo un cielo limpio. Las luces de la ciudad parecían diferentes. O quizás era yo quien había cambiado. Al llegar a casa abrí el cuaderno azul. Ya casi no quedaban páginas. Busqué la primera hoja y releí la frase escrita por mi madre. «Las palabras también son una forma de volver.» Sonreí. Había tardado años en entenderla. Mi madre no hablaba de regresar a una casa ni a un lugar. Hablaba de regresar a uno mismo. Tomé la lapicera y escribí la última entrada. «No encontré mi voz porque alguien me la dio. La encontré porque dejé de esconderla.»

Cerré el cuaderno.

Por la ventana entraba el rumor del viento.

Por primera vez en mucho tiempo no sentí vacío.

Sentí presencia.

La mía.

Y supe que, mientras siguiera escribiendo, jamás volvería a perderme.